¿El coeficiente de inteligencia determina nuestro destino?
Mucho menos de lo que pensamos. ¿Por qué personas con un elevado coeficiente intelectual fracasan en sus empresas vitales, mientras que otras con un C.I. más modesto triunfan clamorosamente?
La respuesta está en la inteligencia emocional, una forma de interacción con el mundo que tiene muy en cuenta los sentimientos, y engloba habilidades tales como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, la agilidad mental, etc... Ellas configuran rasgos del caracter como la autodisciplina, la compasión o el altruismo, que resultan indispensables para una buena y creativa adaptación social.
El deficit de inteligencia emocional repercute en mil aspectos de la vida cotidiana, desde problemas matrimoniales hasta trastornos de salud. El descuido de la inteligencia emocional puede arruinar muchas carreras y, en el caso de niños y adolescentes, conducir a la depresión, trastornos alimentarios, agresividad, delincuencia. Ahora bien, todos podemos fomentar y robustecer nuestra inteligencia emocional porque no es un parámetro fijado desde el momento del nacimiento: cabe desarrollarla, cuidarla, fomentarla.
¿Por qué personas que presentan capacidades altamente desarrolladas y que obtienen altos indicadores de C.I. fracasan al aplicar sus capacidades o inteligencia o incluso presentan limitaciones para adaptarse y desarrollar relaciones armónicas? Les falta inteligencia emocional. Sin competencias emocionales el perfeccionamiento humano, objetivo principal de la educación, no se consigue. BIENVENIDOS.
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